Ecuación en medio de la Inteligencia Artificial
- Robert Bonilla
- 18 dic 2023
- 2 min de lectura
“Visualizo una época en la que (los humanos) seremos a los
robots lo que los perros son para nosotros”.
Claude Shannon.
La inteligencia artificial es un tema de modernidad. No hay un solo lugar en el que no se hable o se mencione sobre las máquinas que, hasta hoy, siguen en evolución. La ingeniería y la ciencia están centrados en realizar sistemas que lleven la visión de la vida más allá, sea para aprovecharse de ello o para vivir gracias a ello. En otras palabras, lo que se está haciendo con la IA, es mostrar al mundo todas las posibilidades que se tienen ante las limitaciones humanas o ante su propia inteligencia.
Si se piensa en lo vivido, cada década desde los años 70’s, ha revolucionado la manera en que se percibe la IA y la tecnología, que a grandes escalas presume el nivel cognitivo de la raza humana, haciendo que se pida más y se adquiera en igual magnitud. La gran pregunta, sin que suene a cliché, es qué si los nuevos sistemas programados para dichas máquinas serán tan potentes que podrán reproducir, representar y recrear la vida humana, no solo en las actividades mecánicas y operativas, sino en las sociales, psicológicas y afectivas.
Miles de escenarios se han plasmado ya en películas y libros, incluso, en estudios y artículos universitarios, haciendo una idea de lo que puede ser la vida humana en medio de su propia creación. Sin embargo, no se trata de pensar cómo y cuándo ocurrirán estas cosas, que, para muchos, son inauditas. Lo que se busca, claramente, es resolver acertadamente la ecuación entre la vida y la inteligencia artificial, ecuación que preocupa por ver hoy a la raza humana sumida en la tecnología y desconectada de lo valioso o importante, según lo moral y ético ya aprendido con los años.
Se tiene mucho temor al enfrentar una convivencia con máquinas que puedan responder a las necesidades del hombre de una forma más inteligente, que puedan hacer lo que se les ordena de manera eficiente, que puedan programarse sin fallos de tiempos, que puedan acompañar a cualquier ser en soledad. Si todo esto se piensa de otra manera, se puede fácilmente comparar este escenario con la vida cotidiana de un amo con su perro. No se tendría temor si se le ve de un lado más tierno y amable como este, puesto que la carga ética y moral ya entregada a esta relación, nos haría asumir, como humanidad, que es genuino y correcto.
Con lo anterior no se dice que un robot será igual que un perro, o que un humano ocupará el lugar del perro, pero sí se deja abierta la posibilidad de que los temores pueden ser infundados en errores de tendencia global y al final, todos estos avances terminaran siendo tan beneficiosos que no se notará quién es el perro. Si bien la IA es una potencia manejando el mundo, necesita al final del día del humano para evolucionar y reprogramarse. No se puede copiar algo que no exista. Es de doble vía la mejora, ya que el hombre posiblemente evolucione más y mejor al retarse ante sus propias creaciones y sus propios inventos. ¿Podemos darle la bienvenida a la IA? Las verdaderas intenciones se descubren solo si se viven.
Roberto Bonilla.



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